Los despertares de Zafira son la predilección de su afortunado novio.
La muy perra lo despierta masajeándole la pija con la lengua, y cuando la hormiga se convierte en hormigón, empiezan las obras. El taladro va y viene de su fosa trasera, entre gemidos, y el riego de lefa se inyecta directamente en ese culazo, para luego excavar con el dedito, y relamerse la delicia de cacao que tanto le gusta a Zafira para desayunar.
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